El bullicio de la gente apenas me deja escucharme a mí mismo. Unos puestos de castañas asadas dejan escapar un humo blanco a la atmósfera, viciándola y otorgándole ese olor tan característico. ese que siempre porta recuerdos de fechas pasadas.
Me siento en un banco de una plaza sin nombre. Me acurruco entre mis prendas, para esconderme del frío. El vaho sale de mis labios y se adentra tímidamente en el aire, desaparece.
Un rey olvidado custodia la plaza desde su absurdo pedestal. Viendo el paso de los años a través de sus fríos ojos.
Yo, en mi refugio, que es un banco de madera, escribo. Escribo porque no tengo otra cosa que hacer, porque no podría hacer otra cosa. Sólo escribiendo me encuentro conmigo mismo, me cuestiono, me contradigo...
Hace frío, mi mano se entorpece, mis dedos se entumecen. Quizás sea mejor guardar el bolígrafo y seguir caminando. Hacia ningún sitio, sin ningún objetivo. Solamente dejar que el bullicio me trague. Y así conseguir por un momento privarme de mi individualidad. Y así dejar de ser. Convertirme en una pieza de un indescifrable rompecabezas. Dejar que la marea de gente me meza. Yendo, viniendo. Son ambición, sin orgullo. Disolverme como una pastilla de avecrem en una olla calentada por una lumbre. Me pongo el gorro, tengo frío en las orejas. Bajo la mirada y meto mis manos en los bolsillos. Dejo que mis pasos vayan delante de mi cabeza. Es tarde, me vuelvo a casa.
Quizás os parezca algo pretencioso, pero no tiene para nada esa intención, simplemente empecé a escribir esto un día aburrido. Hoy lo he encontrado entre mis apuntes de mecánica y me he decidido a subirlo aquí.

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