En la cama de un hospital sin nombre esperaba, a nadie en realidad. Su cuerpo marchito y su cara arrugada hacía tiempo que no le resultaban familiar. Es extraño mirarse en un espejo y no reconocer tu propio reflejo, se dijo mientras pasaba un dedo por cada pliegue de su piel. Estudiaba con los dedos la sutil conexión que lo unía a esas máquinas que lo mantenían con vida. Como si apenas un milímetro lo separase de ellas, como si se hubiesen unido en un sólo ente, que no paraba de proferir sonidos extraños e inhumanos. Una mirada introspectiva le devolvía, como una pared de frontón, a una reflexión de su vida. No había estado demasiado mal. Había amado, odiado, llorado y reído. En aquél momento aquellas cuatro cosas, y solamente aquellas cuatro, le parecieron su vida al completo.
Suponía que lo más importante era que se había rodeado de gente que lo quería, sólo suponía pues con esa edad ya no se esta seguro de nada. No era , pues, de extrañas que recibiese numerosas visitas. Pero en ese momento no esperaba ninguna, y eso le gustaba, pues necesitaba tiempo para pensar.
En la habitación todo era demasiado blanco, excepto un televisor negro que parecía querer reclamar toda la atención para él sólo. Nunca la encendía, para qué quería alguien en su situación perder más el tiempo viendo cualquier estupidez en la televisión. Ahora se arrepentía de haber pasado tanto tiempo perdiendo el tiempo frente al televisor, viendo cosas que ni le aportaron nada, ni le interesaron. Aunque, todo sea dicho, no todo era malo en la televisión. Recordaba las películas románticas abrazado a su novia, que después se convertiría en su esposa. Recordaba las películas infantiles con sus hijos. Las películas de humor cuando estos crecieron, y cómo, aunque lo intentasen, no podían parar de reírse.
En este hilo de pensamientos aparentemente banales se encontraba mientras algún rincón escondido de su mente no paraba de repetir una sola palabra: "Intransferible" Una y otra vez, como si fuese un apremiante tic tac que lejos de animarle a aprovechar el tiempo, le confundía. Una vez leyó que la muerte es algo intransferible, cada uno tenía que enfrentarse a la suya. Y todos vamos a morir. Esto es una gran verdad, de hecho creyó que era la única verdad del universo. Se dio cuenta de que él no había sido totalmente consciente de ello hasta ahora. Todos los seres humanos habían pasado por lo que él estaba pasando. Le pareció que la muerte actuaba como un nexo de unión de todo el género humano, pero al mismo tiempo, un último desafío que cada uno tenía que afrontar a su manera. Como en un bis a bis se encontraba él frente a su muerte, que era a la vez la muerte de todos. Algo individual y social al mismo tiempo, aunando extremos opuestos de una manera que le resultaba extrañamente bella. Ahora se sentía débil, pues ya no podía ocultarlo, se moría.
Todos tienen la esperanza oculta de que ellos no morirán, pero sí que lo harán, y cuando apenas les quede unos minutos de vida pensaran en lo equivocado de su postura, desearán haber sabido que su vida se acerca a su fin para disfrutar de ella. Pensó que para que una película sea buena, es fundamental que tenga un buen final. Y este era el final de su vida. Pueden salir de la sala por la puerta a su izquierda. Lejos de sentirse triste, le inundó una profunda empatía y una ola de amor, paz y benevolencia. Sintió un escalofrío por todo el cuerpo y, mientras notaba como se le escapaba la vida, no podía dejar de sonreír. De hecho, nunca lo hizo.
martes, 21 de julio de 2009
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