El sol se filtra entre las rejas y te acaricia tu arrugada cara. Descansas tus huesos y tu cuerpo marchito sobre una silla de mimbre con la certeza de que ni siquiera puedes levantarte sin ayuda. Observas la vida pasar desde tu prisión, tu cuerpo, esperando el momento de tu muerte. Tus ojos cansados se sienten molestos ante el contacto directo con el sol. Levantas tu mano temblorosa y la colocas a modo de visera.
Continuamente pasan coches, personas y todo tipo de vehículos en general. Acostumbrado a vivir en tu pequeño pueblo todo esto te parece extraño. Dispones de un ejército de enfermeras a tu disposición; pero realmente todos hicieron caso omiso a tú único deseo: Pasar el resto de tu vida junto a tu familia, en el mismo sitio dónde naciste y viviste la mayor parte de tu vida. Tus hijos y tus nietos pensaron que era mejor llevarte a una residencia, haciéndote sentir como un lastre. La residencia...otra prisión añadida.
Y allí estás, en la residencia, pensando en los sueños que no has vivido y en las ambiciones que no has alcanzado mientras la sombra de tus barrotes se proyectan en tu cara. Lejos de tus sueños, lejos de tu familia y tus deseos, solo te queda algo que puedas pedir. Te gustaría volver a sentir el humo de un cigarrillo recorriéndote el pecho, matándote lentamente y sumiéndote en una agonía que te mata de placer. Obviamente la residencia se preocupa por que no fumes. Otro deseo frustrado a las puertas de tu muerte. Por eso, sin poder evitarlo, siempre le dices los mismo a todos los viandantes que pasan por la acera más cercana a ti. Con voz temblorosa y marcado acento de tu pueblo dices: "¿Tienes un cigarro?". Eso te hace parecer un viejo con demencia senil, y lo sabes, pero ya poco te importa lo que piensen de ti.
Yo te observo con curiosidad, pienso en comprarte un cigarro y dártelo, pero nunca lo hago. Me gusta inventar una historia para tu vida, mientras observo como pasas mañanas enteras en tu inútil empeño por conseguir un cigarro. En cierto modo, creo que eres un héroe. No sabría decirte por qué, pero cada vez que te veo allí sentado, en tu incesante esfuerzo por conseguir la última de tus ambiciones, creo que el mundo entero debería aprender una lección; que tú deberías darnos una lección. Creo que mirándote me doy cuenta de lo pequeña que puede ser la línea que diferencie soñar con estar loco.
